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sábado, 2 de junio de 2018

El polizón del Ulises, de Ana Mª Matute

   
En 2014 un xuíz arxentino dictou unha curiosa sentencia - eu diría sensata – pola que obrigaba a uns pais a poñer fin ás súas disputas pola custodia dos seus fillos menores. O xuíz determinou que ambos proxenitores deberían ler un día por semana cos seus fillos O Principiño de Antoine de Saint-Exupéry na Corte de Xustiza, para “recoñecer aos seus fillos como persoas”. Ademais do clásico do escritor francés, tamén terían que ler os Dereitos dos Nenos e A ética para Amador de Fernando Savater.

    Tomamos a broma aos nenos, mandámolos calar, ou peor, pechamos as súas bocas – e de paso o raciocinio – con aparatos electrónicos e realidade virtual. Non falamos con eles, non lles contamos o que pasa nin o que pasou e non lles inculcamos valores (os de sempre, home, que non hai que matarse moito).

   Por iso o libro de Ana María Matute destaca entre todos os que temos lido este ano no Club de Lectura de 1º da ESO. Os personaxes son moi interesantes: un neno abandoado ao nacer, tres mulleres que o crían e un preso. Pero ningún deles son personaxes estereotipados. O neno non ten amigos nin vai á escola, as tías son tres irmáns con personalidades diferentes pero moi alonxadas dos arquetipos da época, e o preso é un tipo rudo de bon corazón.


   As tías educan ao neno en liberdade, pero con límites e deberes. Cada unha delas intenta inculcarlle ao neno o que máis estiman: a cultura, a boa educación e o traballo. Con estes alicerces o futuro estará ben asentado. Se ademais engadimos o amor á natureza e aos animais, a solidariedade e moita imaxinación, esta novela infantil non deixa indiferentes aos lectores.

   Para inculcar valores hai que falar moito cos fillos, procurando velos como interlocutores válidos. A iso referíase aquel xuíz arxentino.

   E se non, os nosos cativos pensarán, igual que O Principiño, aquilo de que “as persoas maiores non poden comprender nunca por si mesmas, e é molesto para os nenos ter que darlles sempre explicacións”.

domingo, 9 de marzo de 2014

La niña silencio, de C. Roumiguiére y Del color de la leche, de Nell Leyshon

"A de alondra, B mece al bebé, C como un cisne...La niña derrama sus palabras y salta a la rayuela de su vida"
"y ahora ya he terminado u no tengo nada más que contarte.
así que voy a terminar esta última frase y voy a secar mis palabras donde la tinta forma unos charcos al final de cada letra.
y entonces seré libre"


Así terminan las historias que hemos leído este último mes. Dos historias  cuyas autoras han sabido dar luzy voz  a estos seres perdidos en los márgenes de la sociedad y dos niñas que han encontrado en la comunicación, en las palabras y en la escritura su liberación.
En la primera de ellas, La niña silencio, se aborda el tema del maltrato infantil de una manera simbólica con esos "lobos", "la guarida", "los días azules y rojos" y  el poder de la palabra verbalizada: "Sin sus lobos ella no existe, tiene que protegerlos", cuando lo natural, a los ojos del lector, sería lo contrario. Al menos, eso sí, el lector descubrirá un final esperanzador.
Del color de la leche, la protagonista, Mary, nos cuenta su historia en primera persona. Su estructura- que a mí me recordó la de El Lazarillo de Tormes por la explicación del "caso"- viene marcada por el paso de las estaciones del año en la Ingalterra del siglo XIX. A través de las páginas que Mary escribe conocemos a su familia: un  padre autoritario que se queja de que su mujer no le ha dado hijos varones, el abuelo, al que tienen marginado y al que apenas ayudan que resulta ser el único personaje que trasluce algo de ternura; el vicario y su mujer, en los que Mary creía que iba a encontrar el calor que le faltaba en su familia y que a medida que van sucediéndose los acontecimientos resultan inquietantes y la misma Mary, que ha nacido albina y coja, pero que se convierte en un personaje inolvidable por rebelde y provocadora, que a toda costa quiere aprender a leer y escribir para reproducir ese ambiente frío en el que habitan los desposeídos- esas mujeres que han trabajado en el campo hasta la extenuación y que no han tenido derecho a la educación- y que necesita de forma urgente conocer las palabras para poder contarnos su dolor de una manera desgarradora.
Como casi siempre, durante nuestras sesiones, surge la inquietante pregunta de si nuestros alumnos serán capaces de comprender estas historias. Quizá, en breve, lo sabremos.